Fuerza de la noche en lengua aborigen, el valle colombiano de Saquencipá llamado ”El infiernito” por conquistadores españoles es un enigmático paraje que guarda hoy huellas de civilizaciones humanas radicadas en la zona probablemente hace 10 mil años.

 

Territorio sagrado para el pueblo muisca, las columnas en forma de falo conformaron un curioso campo de observación astronómica y meteorológica, centro de culto a la luna, al sol y un lugar para clamar y agradecer por la fecundidad de la tierra, confirman apuntes históricos.

Aseguran conocedores que la alineación de las añejas piezas líticas moldearon un espacio destinado a recibir los rayos del sol y registrar sus sombras; según la inclinación de las mismas con respecto a las columnas ese pueblo podía determinar en qué momento comenzaban o terminaban los solsticios de verano e invierno, equinoccios, eclipses y fases lunares con el fin de organizar sus labores agrícolas.

Pese a varios siglos de saqueo, el observatorio ubicado en la vereda de Monquirá fue restaurado gracias a la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y a la labor de investigadores como Eliécer Silva Celis, afirman vecinos del lugar.

Recorrido actualmente por viajeros colombianos y foráneos, en ese paraje llama la atención el conjunto de estructuras de apariencia fálica, que miden como promedio unos tres metros de altura y donde los recién llegados posan para dejar constancia gráfica de ese momento.

Mientras los monolitos recreaban la fecundidad masculina, la tierra era venerada como el símbolo de la fertilidad femenina, en correspondencia con la cosmogonía muisca.

Completan ese sorprendente escenario un sitio funerario donde posiblemente resultaron inhumados reconocidos sabios o personajes ilustres de esa antigua sociedad humana.

A unos tres kilómetros de Villa de Leyva, pintoresco poblado boyacense, el observatorio de Saquencipá propicia un viaje al pasado entre acertijos y revelaciones.

En esa localidad afloran con frecuencia ammonites petrificados y otros restos de animales prehistóricos como ictiosaurios, plesiosaurios y tortugas gigantes.

Suerte de postal de épocas pretéritas, Villa de Leyva conserva sus aires coloniales a pesar del inexorable paso del tiempo y de epidemias como la peste, que castigó a sus habitantes centurias atrás.

PL/arc/ap

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