Muchos de los ahora críticos del Presidente Obama fueron sin embargo, sus principales fanáticos cuando el líder de los demócratas llegó al poder en enero de 2009. De las esperanzas hinchadas por el valor simbólico de la elección de un dirigente negro se ha pasado en ocho años a la frustración que ha provocado en aquellos que soñaban con el advenimiento de una “Nueva América”.

En esa dinámica, la estupidez de anteponer los buenos sentimientos a la realidad llevó al Comité de los premios Nobel a hacer una excepción con Obama y atribuirle el galardón de la Paz antes incluso de que firmara alguna medida como nuevo inquilino de la Casa Blanca. Hoy, el denominador común de los resúmenes periodísticos y políticos de la era Obama es la palabra fracaso. Los así firmantes reflejan una frustración que es solo el reflejo de su adscripción beata a la “obamanía” que un supuesto progresista y pretendido representante de los negros norteamericanos desató hace ocho años. Esos entonces “groupies” de Obama no le perdonan entre otras cosas, el último capítulo de sus reveses en política exterior: haber perdido la batalla de Siria ante Rusia. El fin de la ocupación de Alepo es la humillación final a una diplomacia norteamericana con la que Moscú, Teherán y Ankara no cuentan ya a la hora de estudiar el futuro de Bashar Asad y su país.

Barack Obama, se recuerda en todos los artículos sobre su mandato, dijo en sus primeros meses de presidencia querer “relanzar” las relaciones entre Estados Unidos y Rusia. Desde Moscú no se entendía la relación entre esas buenas palabras y la pretensión de hacer avanzar los peones políticos y militares bajo control norteamericano hacia las fronteras de Rusia. El conflicto en Ucrania y sus consecuencias sobre Crimea y la región de Donbás alejaron a Washington y Moscú y bloquearon el “reinicio” que Obama pretendía activar. Desde entonces, una nueva versión de la guerra fría se instaló entre ambos países y los aliados occidentales de Estados Unidos, algunos de los cuales agitaban el miedo a Rusia para acelerar el avance de la OTAN hacia el este de Europa, en respuesta a lo que denunciaban como amenazas de su poderoso vecino euroasiático. Y si Siria representa para muchos la derrota diplomática final de Barack Obama ante Vladímir Putin, las relaciones entre los dos dirigentes se cierran con una medida de castigo propia de la guerra fría. La expulsión de 35 diplomáticos rusos de territorio norteamericano.

Para Obama era la despedida por lo que considera la ciberinjerencia de Rusia en las elecciones norteamericanas que dieron la victoria a Donald Trump. La Administración norteamericana no ha mostrado públicamente esas pruebas. De todos modos, pocos responsables serios en Washington se atreverían a decir que Hillary Clinton perdió por una influencia exterior. Resulta curioso que unos correos electrónicos donde se evidencia cómo la aspirante demócrata tuvo el apoyo descarado de los órganos de dirección de su partido contra su rival interno, Bernie Sanders, puedan ser utilizados para denunciar sucios ataques a la aspirante. A veces los mismos círculos que hablan de libertad de información y apoyo a los “lanzadores de alerta”, cambian su discurso para hablar de espionaje cuando esa información no les conviene. Resulta más que curioso que los aliados de Estados Unidos pasen por alto que la NSA, bajo mandato de Obama, espiara a sus líderes —incluidos los teléfonos celulares personales—, a la Unión Europea y a los ciudadanos europeos que utilizan las empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos. Espionaje amigo, supongo que se llama. Para los más cínicos, si verdaderamente los hackers rusos son capaces de influenciar la política norteamericana de ese modo, es una señal más de la fragilidad de EEUU como superpotencia mundial.

Obama hubiera preferido acabar su particular guerra con Putin recibiendo a los agentes norteamericanos en Rusia que su homólogo habría debido expulsar como represalia, siguiendo los ritos tradicionales del pasado. Pero esa foto no figurará en su álbum. El Presidente ruso se guarda la carta esperando al nuevo mandatario norteamericano. Otra pequeña bofetada de ajedrez para el dignatario saliente. En 2014 Obama declaró que Rusia era una “potencia regional” que perdía influencia. Sus detractores internos no olvidarán utilizar esta cita como ejemplo de la visión de su ya casi expresidente. Obama recorrió el planeta al inicio de su mandato vendiéndose y siendo recibido como una estrella de rock: Berlín, Estrasburgo, El Cairo… Críticas de sus aliados Concluye su presidencia censurado en Occidente por permitir que Rusia haya impuesto su política en Siria. Ni Estados Unidos ni sus aliados han llegado a tiempo para borrar de las primeras páginas la batalla de Alepo con la noticia de la liberación de Mosul. Lea más: EEUU anuncia la operación de liberación de Mosul A la Administración Obama solo le queda el acuerdo nuclear con Irán y la reanudación de las relaciones con Cuba para sacar pecho en su acción internacional. Pero en los dos casos, las consecuencias concretas se hacen esperar, en los dos países se sigue considerando a EEUU como un enemigo y, lo que es peor, Donald Trump dice querer neutralizar ambas iniciativas.

En una decisión de última hora, Obama decidió permitir la condena de la ONU a Israel, su principal aliado en Oriente Próximo, por la extensión de la colonización en Cisjordania. Otra decisión inédita, pero que el nuevo Presidente ha criticado también y que se suma a la lista de medidas en contradicción con las ideas “tuiterizadas” por Donald Trump. Barack Obama manifestó en los minutos posteriores a su llegada al poder: “juntos cambiaremos el país y juntos cambiaremos el mundo”. Sus conciudadanos han decidido en las urnas confiar el poder a la persona más opuesta a Obama. El mundo, si ha cambiado en estos últimos ocho años, no ha sido precisamente como consecuencia de la política del Presidente Nobel de la Paz.

Luis Rivas

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