Ollantay Itzamná

La condición de colonialidad no sólo configura en el colonizado la idealización “natural” del color, sentir, hacer y pensar del colonizador, sino que instala dispositivos nefastos en las estructuras psicológicas más profundas del primero que, irremediablemente, lo convierten en un ser creyente que diviniza al segundo.

 

 

 

Por tanto, para el colonizado, las condiciones de subordinación/despojo no sólo son vistas como “realidades normales”, sino asumidas con gratitud como una “benevolencia” del colonizador.

Quizás por ello, no es común preguntarse sobre la benignidad del histórico legado colonial permanente que comenzó hace 524 años, en Abya Yala. ¿Qué nos legó Occidente en su intento de globalización colonizadora?

En lo filosófico: Estableció la supremacía de la idea de unidad (uno, indivisible) sobre el sentido filosófico de la diversidad en interrelación, que regía a los pueblos. Así, se instaló la violenta aniquilación de los otros como el único estilo civilizatorio para el “progreso” de la humanidad. Esta filosofía del uno, que irremediablemente condena a los otros diversos como enemigos, ha devastado no sólo la diversidad cultural/civilizatoria, sino a la vida misma en sus diversas expresiones.

En lo antropológico: Instaló el antropocentrismo y el individualismo sobre la conciencia/acción ecológica y colectiva/comunitaria, que regía a los pueblos. Ahora, la preeminencia del individuo sobre lo colectivo es uno de los males matriciales de las sociedades en descomposición violenta.

La falsa supremacía de lo humano sobre el resto de las especies (antropocentrismo) es la causa de la devastación de nuestra Madre Tierra, al límite de convertir a la humanidad en el único animal que promueve como una virtud la destrucción de su única casa.

En lo epistemológico: Instauró el fraccionamiento/desintegración como el único método de construcción del conocimiento, ligado al binarismo suicida de sujeto-objeto, y a la demencial razón lineal.

Destruyó los métodos holísticos/complejos que practicaban nuestros abuelos para interactuar y conocer en y con las realidades (en las que todos eran actores transformadores). Como consecuencia, en la actualidad, el mundo está abarrotado de profesionales (hiperespecializados, sin conciencia de la Tierra) sin sensibilidad con la crítica situación del planeta herido de muerte.

En lo social: La instalación del individualismo, la competencia, el liderazgo, etc., como valores sociales supremos, demolió los nervios vitales de los tejidos sociales ancestrales.

En el trabajo, en la familia, en los centros de formación, desaparecieron la cooperación y el sentido comunitario para alcanzar el bienestar colectivo que dinamizaba la cotidianidad de las civilizaciones y pueblos. La colonización convirtió a las sociedades, no sólo en espacios de riesgo, sino en sociedades asesinas/suicidas que promueven/premian la muerte (aniquilación del otro/a) como virtud suprema.

El dinero se convirtió en la única medida de todo. Jamás hubo tanto dinero ni riqueza en el planeta, pero tampoco tanta miseria e incertidumbre existencial.

En lo espiritual: La superstición racista en el desconocido Dios blanco implantado por la colonización permanente logró anular la capacidad de pensamiento en los creyentes colonizados.

Gracias a esta superstición en el Dios único (con fenotipo del colonizador) se instauró la perversa filosofía de la unidad (sobre la diversidad) y la perspectiva letal del antropocentrismo (sobre cosmocentrismos).

Nos hicieron creer que nuestra Madre Tierra era una cárcel pecaminosa de la que debíamos liberarnos (abandonándola para que ellos la despojasen). Que nuestro destino/premio estaba en el lejano cielo.

Así, nos convirtieron en somnolientos creyentes adictos que reverenciamos el despojo sufrido y al devastador. Casi el 100% de los latinoamericanos somos bautizados, desde hace más de cinco siglos, ¿mejoró o endureció nuestras condiciones de vida con el monoteísmo?

En lo económico: Los buscadores del metal “precioso” lograron centralizar todo proceso de intercambio comercial en el dinero. El dinero se convirtió en la única medida de todo. Así, sin importar los medios, se instaló el capitalismo (dinerismo) a costa de los bienes y vida de los pueblos, y del tejido vital de nuestra Madre Tierra.

Jamás hubo tanto dinero, ni riqueza, en el planeta como ahora, pero tampoco tanta miseria e incertidumbre existencial generalizada de la humanidad como en la actualidad.

En lo político: Los enviados por el aún desconocido Dios de los cielos destruyeron las estructuras organizativas de los pueblos vigentes, e instauraron su sistema de gobierno teocrático. Luego impusieron su sistema de democracia pigmentocrático, blancoide. ¿Lograron construir sistemas de gobernanza o estados con ese sistema de su democracia cleptómana?

La democracia representativa y sus fallidos proyectos de Estado-nación, ¿lograron crear condiciones de calidad de vida para los pueblos? Sí, nos marcaron a todos con gentilicios nacionalistas (ecuatoriano, mexicano, hondureño), pero incluso como cristianos con nacionalidad estamos mucho peor que hace cinco siglos atrás.

La idea no es repudiar al foráneo y sus aportes, ni idílicamente soñar con hacer retroceder las historias.

Después de cinco siglos de la farsa del monoteísmo cristiano, y del engaño bicentenario de la ciudadanía ligada a los nacionalismos, es momento de comenzar a sospechar el por qué, a pesar de tantas promesas y sacrificios, estamos peor que antes. Es tiempo de pensar con nuestro propio corazón, sentir con nuestra propia piel, hacer con nuestras propias manos, caminar sobre nuestros pies, pero siempre juntos como pueblos sin fronteras.

ag/oit

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