Alberto Salcedo Ramos es uno de los cronistas colombianos más reconocidos en la región. En sus textos, poblados de claroscuros de personajes de la cultura popular de su país, Salcedo Ramos ha explorado también cicatrices y escenarios de la violencia que Colombia ha vivido durante más de cinco décadas.

“Los habitantes de estos sitios pobres y apartados solo son visibles cuando padecen una tragedia. Mueren, luego existen”, escribió en su crónica sobre la matanza cometida por paramilitares en El Salado, un pueblo de la costa Caribe de Colombia.

El plebiscito del 2 de octubre para aprobar el acuerdo de paz con las Farc, dice Salcedo Ramos, es una oportunidad histórica para prevenir que la eterna época de la violencia acabe con el país.

¿Qué está viendo en Colombia, cómo describiría el ambiente actual?

Hay un momento de mucha tensión, de mucha desinformación, de mucha alharaca, de mucho ruido. Yo creo que la paz, o el proceso de desmovilización con las Farc, ha pasado por un montón de malos entendidos.

¿Cómo han transmitido su mensaje las campañas del Sí y el No antes del plebiscito?

Yo creo que en ambas ha habido histeria. A Colombia le falta historia y le sobra histeria, Colombia es un país altisonante. Es el único país del mundo en que al momento de hablar de paz nos damos golpes. Todo el mundo anda con una especie de crispación y hay un ruido para cada día. Como hay tanto ruido nos hemos acostumbrado a oír lo ruidoso, no tenemos oídos para lo importante. Dentro de lo ruidoso a veces se minimizan las voces de dolor de algunas personas que están sufriendo. Después del plebiscito, tengo la ilusión de que eso empiece a cambiar.

¿Cómo?

Se va a necesitar trabajar mucho más allá de la firma del acuerdo y mucho más allá del resultado del plebiscito. Vamos a necesitar una cultura de la convivencia, una cultura del respeto por el otro. Te confieso que creo que eso va a ser muy complicado. Veo una cantidad de líderes que están encolerizados y va a ser difícil.

¿Cree que la ciudadanía estará a la altura de la decisión que debe tomar?

Quisiera que sí pero sospecho que no lo va estar. Sospecho que el plebiscito va a pasar pero creo que hay un ciudadano de a pie desinformado, ajeno a las redes sociales y a los medios, un ciudadano al cual el país le funciona para bien o para mal y por lo tanto supone que ese país va a seguir funcionándole, vote o no vote.

¿Existe el riesgo de que la votación sobre el acuerdo con las Farc quede reducida a una votación entre Santos y Uribe?

Sí, existe ese riesgo pero depende de nosotros. Tenemos que tener la madurez de saber qué nos estamos jugando. Yo no me estoy jugando el destino de Juan Manuel Santos. Me estoy jugando mi tranquilidad, la vida de mis hijos. Yo tengo 53 años y no recuerdo un día en el que no se hayan presentado escaramuzas en Colombia.

Tres generaciones que se acostumbraron a vivir en medio de la guerra…

Es curioso: cuando yo era niño oía cómo los adultos hablaban de la época de La Violencia como si fuera un suceso pasado, pero todos los días veía muertos y leía noticias relacionadas con masacres, con barbarie. Y yo pensaba: “Aquí hay algo que no estoy entendiendo”. Claro, se referían a La Violencia de los años cincuenta, pero yo digo que este plebiscito es una oportunidad histórica para acabar con nuestra eterna época de la violencia antes de que nuestra eterna época de la violencia acabe con nosotros.

¿Por qué ha durado tanto la guerra en Colombia?

La guerra en Colombia no se acaba porque tiene combustible, que es el narcotráfico, y, segundo, porque ha sido negocio para mucha gente. Mucha gente quiere decir los militares y los empresarios que la han apoyado porque les sale mejor alimentar esa guerra porque tienen privilegios intocables. Y, sabes, la ultraderecha en Colombia es muy mezquina porque quiere la guerra. Perfecto, pero entonces dame tus dos hijos y ponte en las trincheras. No, tampoco quieren eso. Quieren la guerra hecha por los pobres y ellos verla desde un bar de Miami a través de CNN. Es una idea de país muy jodida.

Además, ahora hay mucha gente sacando la calculadora para verificar los costos del posconflicto. ¿Por qué nunca sacaron la calculadora para calcular los costos de la guerra? Es que la guerra no era gratis. Con un agravante: el posconflicto es costoso, pero ahorra vidas. Mientras que la guerra es igual de costosa y no ahorra vidas.

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Para Salcedo Ramos, el plebiscito del 2 de octubre sobre el acuerdo de paz es una oportunidad histórica para prevenir que la eterna época de la violencia acabe con el país. CreditFederico Rios Escobar para The New York Times

¿Qué tiene que cambiar de fondo en Colombia para abrirle campo a la paz?

Yo tengo la sospecha de que Colombia ha sido un país donde se le ha dado más peso a las leyes y a la forma que al fondo. Cuando digo la forma, digo la cortesía y la buena educación.

Un amigo extranjero una vez me dijo una frase inquietante. Me dijo que él sospecha que los asesinos colombianos son los más educados del mundo. Y que uno posiblemente podría encontrarse con un asesino en la calle que diría: “Tenga usted la bondad de quedarse quieto porque lo voy a atracar”.

Creo que es hora de pasar a un respeto que ignore la forma por el fondo. El fondo es el respeto a la vida, respeto a la voz del otro así diga cosas que no me gustan. Eso va a ser complicado: hay mucha crispación y rabia, y creo que todos hemos cometido errores. Todos nos hemos dado en la jeta. Hemos sido histéricos, altisonantes.

De aquí a cinco años, ¿cómo ve a Colombia?

Yo esperaría que el proceso fuera una política pública estatal y no la calentura de un gobierno de turno. Que fuera sostenible y sostenido en el tiempo. Sería el error de los errores que simplemente fuera el acto aislado de un gobernante, y que luego no continúe porque viene otro que cree en otra cosa. Sería sumamente grave. Sería volver a un oscurantismo terrible.

¿Cómo asegurarse de que eso no se dé así?

Eso se lograría si los políticos de nuestro país se ponen serios. Se necesita un acto de grandeza que los lleve a pensar por una vez más en el futuro de nuestros hijos que en la carrera electoral de ellos.

La paz se ha llevado a un escenario de mucha virulencia en el discurso y en eso han caído los dos bandos. Se va a necesitar mucha filigrana para poner a dialogar las diferentes voces de Colombia que en este momento están crispadas.

En un país de compositores, desde los juglares del vallenato hasta Gabriel García Márquez, se ha construido un relato de nación. ¿Podría ser un momento para cambiar ese relato?

La canción colombiana más sonada de todos los tiempos es “La gota fría”, del viejo Emiliano Zuleta. “La gota fría” es la canción de una contienda llevada al campo musical: dos juglares que se caían muy mal tuvieron un enfrentamiento para determinar quién de los dos era mejor acordeonista, y nunca se supo quién ganó ese duelo, pero quedó esa canción. Y esa canción creo que relata lo que es Colombia. Su estribillo ha sido el lema del país a lo largo de su vida republicana: “Me lleva él o me lo llevo yo, pa que se acabe la vaina”.

¿Cómo hacer para que se acabe la vaina?

Nosotros en Colombia hemos vivido convencidos de que hay una vaina y que esa vaina se acaba cuando desaparezco al otro. Pero lo que vino después fue que los dos compositores se amistaron y se volvieron compadres, andaban abrazados por todos lados.

Yo creo que estamos en el momento en que los que hemos vivido cantando “me lleva él o me llevo yo, pa que se acabe la vaina”, nos demos un abrazo y empecemos a cantar juntos.

¿Cómo se imagina el próximo capítulo de la historia de Colombia?

Yo me lo imagino con canciones, con los sonidos de todas las regiones de Colombia. Nosotros somos un país de regiones, dentro de Colombia conviven muchas Colombias y nosotros no hemos sabido cómo engranar las voces de aquellos países que nos habitan.

No es fácil poner a dialogar un tiple llanero con un acordeón o con una chirimía, pero las personas sí pueden conversar. Nuestros instrumentos de pronto no tienen armonía o química entre sí, pero el que toca la chirimía puede conversar con el que toca el acordeón.

¿Así empezaría su novela sobre el 3 de octubre?

No me la quisiera imaginar como una novela. No quiero que sea una ficción. Quiero que sea real, quiero que sea una ilusión que se pueda palpar en el ambiente, no de la imaginación de un escritor.

Yo me imagino un gran patio donde todos quepamos, donde haya una fiesta comunal y descomunal, donde puedan dialogar el tiple con la gaita, la gaita con la chirimía, la chirimía con el acordeón. Donde se pueda hermanar la curuba con la guayaba, la feijoa con el mango, donde haya plátano… el gran sancocho nacional del que hablaba Jaime Bateman Cayón. Donde por primera vez sintamos que cabemos, que podemos estar juntos sin tener que tener el mismo credo. No tenemos por qué tener el mismo credo.

Paula Durán/NYT

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